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CIENTO UN VIAJES
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  • Charlie Venom

Escritoras:Cali Axfer http://nubesdeverso.blogspot.com.es/ (punto de vista del demonio)
Ivonne http://timeforeverything18.blogspot.com (punto de vista del ángel) 


P.D: Ellas pusieron unas fotos en el texto pero por desgracia no me deja ponerlas en la entrada. ¡Lo siento chicas!

***

ANTES QUE SE PONGA EL SOL
By: Calina Axfer
INTRODUCCIÓN

-La señorita Skaaren se encuentra a la espera de su Usía.-informó un hombre de avanzada edad y postura respetuosa, asomando la pequeña cabeza por la puerta de la habitación.
-Gracias, Roger. Enseguida bajo.-respondió una voz masculina.
Un joven de angulosas facciones y oscuros ojos recogía con calma documentos sobre una gran mesa de madera de roble, posiblemente.
Se encontraba en una clara e iluminada habitación con vistas a un fabuloso paisaje otoñal.
Estaban a mediados de octubre y las hojas de los árboles no habían completado su descenso habitual todavía.
El chico aparentaba unos diecinueve años. Lisos mechones de cabello oscuro rodeaban su cara enmarcándola cual obra de DaVinci.
Unos increíbles ojos azules casi negros observaban con expectación por el ventanal.
No estaba nervioso por tener a una invitada aguardando su llegada en la escalera. De hecho, la calma parecía inundarlo.
Cuando hubo terminado de recoger, se dio media vuelta, adecentó sus ropas y se dispuso a salir al vestíbulo a recibir a la señorita.
-¡Patryce!-exclamó con los brazos abiertos-Encantado de verte.
Comentó con una sonrisa mientras plantaba un beso en el dorso de la mano de Patryce.
Ella respondió de igual manera, entusiasmada.
-¿Has encontrado algo, Darren?-dispuso la cuestión con bastante ansiedad.
-Si-su rostro se ensombreció levemente-. Algo sí que he encontrado.
La cogió por la muñeca con suavidad y la condujo a la estancia de donde antes había salido. Los volantes de su vestido ondeaban al caminar.
Ella se quedó anclada en la puerta.
Pisar la habitación de un miembro del linaje Lovejoy infundía respeto a gran parte de la nobleza de Farwestain. 
Darren hizo un gesto para que entrase y ella asintió levemente, entrando en la estancia con paso inseguro.
Se acercó a la mesa. Las manos le temblaban un poco e intentaba forzar una dulce sonrisa, sin demasiado éxito.
De entre los papeles, el joven Lovejoy sacó un libro, no demasiado breve, y se lo mostró.
Las tapas eran oscuras y unas letras grises (que debieron ser plateadas tiempo atrás) adornaban la portada, sucia de grasa y otras substancias que no llegaban a adivinarse.
-Aquí puedes encontrarlo todo sobre los linajes de Farwestain.
En ese instante, Darren comenzó a convulsionarse entre arcadas. Patryce, asustada, olvidó toda precaución y lo condujo rápidamente a la cama.
Ella gritaba, no sabía qué le estaba ocurriendo al joven, pero en su pecho, la piel comenzaba a oscurecerse a la par que Darren se sumergía en un profundo sueño.

Darren Lovejoy,
The Demon
By: Calina Axfer

La oscuridad me rodeaba. Percibía algo de calor en el centro de mi pecho. Los ojos me escocían y sentía como si me hubiesen atizado cien latigazos en la espalda.
Al fondo de aquella inmensidad, una diminuta luz, como esperanza en la desgracia, comenzó a parpadear lentamente.
  Aparecía... desaparecía... aparecía... desaparecía... aparecía...
Me recordaba a aquellas torturas que se hacían antes. Encarcelaban a la dente en lugares aislados, con una luz continuamente parpadeando.
Se me vinieron a la cabeza las numerosas veces que había recorrido pasillos oscuros repletos de gemidos de agonía y dolor. Supongo que me lo merecía. Tal vez era un castigo del cielo, de donde suele decirse que caen bendiciones. Allí no hacía mucho calor, pero seguramente el ambiente de mi presunta cárcel era para que me “sintiera como en casa”.
Probé a levantarme, pero los tobillos cedieron, adormilados, y caí. Me arrastré hasta la luz, intentando no apoyar en el suelo (o lo que quiera que fuese esa superficie) el torso, que prácticamente me ardía.
Cuando al fin llegué, los músculos de mis brazos no aguantaron y me di de bruces en tierra. Casi sentía miedo de lo que podría encontrar bajo aquella zona semi iluminada cuando abriese los ojos.
Lo hice sin pensar demasiado en ello. Observé mis muñecas y antebrazos. Líneas negras los cruzaban. La sangre (como habitualmente ocurría) se habría secado el instante después de abrirse la piel.
Quienquiera que hubiese intentado hacerme daño, no conocía precisamente las características fisionómicas de los que eran como yo.
Dirigí entonces la mirada hacia mi pecho, con casi ningún esfuerzo: una enorme y oscura mancha oscura lo cubría casi completamente.
No tenía ni la más remota idea de qué era o como había ido a parar allí, pero me comenzaba a producir un incesante mareo...
Sacudí fuertemente la cabeza. Oía gritos como los de las celdas, gritos que pronunciaban un nombre que me era familiar, pero que no reconocía.
-¡Por favor! ¡Darren! ¡Señor Lovejoy!-un par de voces me atormentaban. Sus terriblemente agudos timbres taladraban mis tímpanos.
-¡Basta ya!-exclamé ya sin poder soportarlo.
Me incorporé a duras penas, luchando contra la fuerza que oprimía mis pulmones. Una clara figura permanecía de pie frente a mí. No recordaba ya su nombre... tantas personas y años habían pasado... Patryce. Eso era. Patryce. Casi un ángel de la guarda para mí, por muy extraño que pudiera sonar en boca de alguien como yo... alguien cuyo apelativo común era “demonio” o “ser del Infierno”.
No, nunca habían visto mis ojos semejante claridad. Casi producía dolor en las córneas y el corazón. Su carita se torcía con miedo, mirando hacia mi pecho. ¿Qué cosa podía aterrorizarla tanto?
Tal vez era yo mismo. Yo mismo, mi persona. Decidí averiguarlo, bajando la mirada hacia mi torso, como en el sueño había hecho.
Los tres. El hombre con traje de pingüino, ella y yo observábamos, cada uno con su opinión al respecto, la enorme mancha negra que se extendía por la parte superior de mi cuerpo.
-Patryce, no...-conseguí susurrarle, mientras escuchaba como el hombre marchaba apresurado de la habitación.-no te asustes. No pasa nada. Es solo un sueño, una mancha, una pesadilla.
Retrocedió. Era normal que me temiese. Ella era... Patryce y yo un maléfico demonio de las profundidades del mundo. Realmente merecía aquella maldición, por todas las vidas que me había cobrado, y por las que podría cobrarme por odio, amor o simple diversión.
-Tú no lo entiendes.-me reprochó mi ángel.-Esa es... es la Maldición de los Oscuros. La perdición de los demonios. La muerte y la vida en carne viva. La Maldición que lanzan... lanzamos nosotros, los ángeles.
No logré comprender aquella última frase, ¿lanzamos? Yo ya sabía que ella era brillante, hermosa, perfecta. Pero lo de ser un ángel era algo aterrador. Algo terriblemente puro. Algo que nosotros no podíamos comprender, y Patryce tampoco podía.
-Sé que... sé que eres como un ángel, Patryce, pero...-intenté convencerla.
-Darren Lovejoy, o cualquiera que sea tu nombre.-escupió casi con odio, cosa complicada en un ser como ella.- No soy como un ángel, simplemente yo soy. Y esa Maldición de los Oscuros, creo recordar, fue la primera que el Gran Consejo de Angelia,-pronunció mencionando la Capital de los ángeles.-me obligó conjurar. FIN 1ª PARTE

Patryce,The Angel
By Ivonne

Como podía ser esto posible, Darren no podía ser un demonio, pero las señales estaban ahí, solo de esa forma la maldición se hacía activa, nos habíamos acercado más de lo normal, yo confiaba en él pero esto ya era imposible, tenía que avisar a mis superiores de lo contrario podría ser una catástrofe y mi reputación quedaría por los suelos.
-No puede ser, tú no puedes ser un…-empecé a alejarme, tenía que escapar de ahí y rápido-. ¡Alto!-entonces vi lo que sostenía entre sus manos… el cuchillo Sheffield, él único capaz de inmovilizar y detener a un ángel, lo mire con asombro, ya no éramos los mismos, ahora había una lucha entre nosotros, entre nuestra especie y ninguno daría su brazo a torcer.
-Sabes, que no puedes hacer nada contra mí, ese cuchillo solo es una leyenda, los ángeles no pueden ser detenidos y menos por demonios de tu calaña.
-Jamás lo usaría contra ti.
-Como yo jamás te lanzaría la maldición-nos quedamos mirando fijamente hasta que bajo el cuchillo.
-Lo digo en serio, nunca sospechaste de mí, así que la maldición no me la lanzaste tú, alguien sabe lo que somos y por eso paso esto-se sentó en la cama-tenemos que trabajar juntos para saber qué es lo que está pasando.
-Yo no trabajo con gente como tú.
-Patryce, soy el mismo de siempre.
-No, eres un demonio.
-Los demonios ya no somos lo que éramos antes, hemos evolucionado, ya no hay motivos para que…
-Detente, digas lo que digas no cambiara las cosas, somos diferente y lo que nos unía se ha acabado-me di la vuelta y salí de la habitación, pero no llegue muy lejos, algo había en el ambiente y no podía descifrar que era pero antes de dar un paso más fui bloqueada por un grupo de hombres.
-Pero que tenemos aquí, creo que un pequeño angelito ha caído en nuestras redes-no era posible que ellos supieran lo que yo era, ¿quiénes eran ellos y cómo sabían lo que yo era?-Hemos estado esperando mucho tiempo que descubrieran que era cada uno y por fin nuestro deseo se ha hecho realidad, podemos verte y podemos hacerte daño…
Sus movimientos fueron demasiado rápido y yo no era muy buena en el cuerpo a cuerpo, me acorralaron y empezaron a lanzarme golpes logre esquivar algunos pero otros fueron certeros, la maldición debería funcionar en ellos también pero no sucedía nada y cada vez me debilitaba más, algo estaban haciendo que me estaban quitando todas mis energías.
 -¿Te sientes débil? –caí de rodillas-tu energía es tan pura y nos alimenta más de lo que haría cualquier huma..-sus palabras quedaron en el aire, sentí como iba siendo liberada poco a poco y fue cuando vi que Darren estaba peleando con ellos, tenía el cuchillo Sheffield en la mano y los cortaba con él, lo que vi después de eso, no tenía lógica. El cuchillo los estaba descomponiendo, solo con un corte y su aspecto reflejaba su verdadera edad, estaban arrugándose rápidamente, los otros al ver lo que pasaba quisieron escapar pero Darren y yo fuimos más rápidos, la maldición volvió y cayó sobre ellos. Nos miramos durante un segundo hasta que mi mirada fue hacia donde tendría que estar la mancha oscura pero no había nada, su piel estaba normal.
-¿Estas bien?
-¿Por qué lo hiciste? Esto no cambia las cosas entre tú y yo.
-No lo hice por eso, jamás permitiría que te hicieran daño-pero antes de poder responderle un brillo lleno todo el corredor y no era una buena señal, solo podía significar una cosa y estaría en problemas si estaba en lo cierto. El resplandor fue más intenso pero al mismo tiempo una luz oscura apareció a su lado, esto era sumamente extraño jamás había visto algo así, terminaron de materializarse y frente a nosotros estaba un ángel y un demonio.
-Patryce.
-Darren.
Los dos hablaron al mismo tiempo y se miraron enseguida.
-¿Qué estás haciendo aquí? –se preguntaron uno al otro al mismo tiempo.
-Vine por ella.
-Vine por él.
-Él es…
-Ella es…
Y se nos quedaron mirando, no entendía nada como era posible que ellos se conocieran eso no era permitido, jamás podríamos relacionarnos ni nada por el estilo con alguien de esa raza.
-Es el momento.
-Lo sé, pero no están preparados.
-Y todo es por nuestra culpa, debimos hablar con ellos desde el principio.
-¿De qué están hablando? –encontré mi voz para poder hablar-. ¿Cómo es posible que ustedes se conozcan?
-Hay muchas cosas que debemos explicarle y mostrarles pero este no es el lugar, tenemos que marcharnos antes que otros se den cuenta de lo que está pasando y vengan a buscarlos-ella tomo a Darren y él me tomo a mí, esto estaba al revés, ¡como era esto posible! pero antes de poder preguntar cualquier cosa la luz me cegó y desaparecimos de ahí. FIN 2ª Parte

Darren Lovejoy,The Demon
By: Calina Axfer
Aquel terrible resplandor casi me cegó. No esperaba aquel “desprecio” a estar conmigo por parte de Patryce. Siempre había creído que éramos uno solo, aunque algo fuese diferente entre ella y yo. Los segundos en los que parecía que permanecíamos suspendidos en el aire, temí que aquellos dos que antes hablaban de cosas que nosotros no llegábamos a comprender.
Aquel lugar en el que acabábamos de aparecer, era una especie de sala enorme de piedra, rodeada de arcos ricamente ornamentados con letras de ambos idiomas, el de Angelia y el de Demônear. Algo me decía que debía marcharme de allí, al igual que le debía pasar a Patryce, por la cara que ponía. El ángel la cogió por la muñeca y a mí Dylan (el demonio, mi compañero desde tiempos inmemoriales) me colocó la mano en el hombro. Así nos condujeron hasta otra sala, que tenía numerosas placas de cristal de espejo que formaban el suelo, las paredes y el techo como un enorme prisma. En el centro, una mesa también de cristal sujetaba dos objetos de piedra.
-Darren, Patryce, estos son los Cálices de Las Memorias.-comenzó el ángel.-La profecía dice que debe mezclarse en ellos las lágrimas de amor de un ángel y la sangre emponzoñada de un demonio.
-¿Y qué tenemos que ver nosotros con todo esto?-respondí bruscamente.
Dylan sonrió y decidió continuar él la explicación.
-No valen unos seres como estos cualquieras. Han de estar enamorados. Y como sabréis, no es fácil que un demonio y un ángel se enamoren sabiendo que son lo que son.
Ya me daba cuenta de por dónde iban los tiros. Pero seguramente Patryce ya no podría derramar ni una lágrima de amor por este insufrible ser del infierno.
A continuación, el ángel giró su cabeza hacia mí, y me observó con su peculiar mirada penetrante.
-Tú, Darren, eres el demonio que necesitamos. Tu sangre está envenenada por la Maldición. Y tú, Patryce, eres el ángel necesario. Tus lágrimas pueden brotar por él, si así lo deseas. Aunque puedes derramarlas por cualquier otra causa, con tal de que tenga que ver con el demonio.
-Bien, bien, bien. ¿Y qué beneficio obtenemos nosotros de todo esto?-pregunté, curioso. No iba a decir que sí como un desquiciado sin saber qué sucesos desencadenaría la mezcla, el conjuro en los Cálices.
-Los mundos se unen, se funden. Angelia y Demönea se desharán en una sola. Es lo que llevamos deseando desde que las doce piedras de los Cálices se encendieron, hace cuatrocientos años, al nacer vosotros.
Observé las piedras. Eran azules como el mar, como el cielo, como los ojos de Patryce. Ciertamente, brillaban como si un fuego aguamarina yaciese encendido dentro. La miré, como la miraba antes de saber lo que era ella. Cuando aún podía acariciar su piel sin que me abrasase por la Maldición que yo llevaba.
Ellos nos suplicaron Dylan y el ángel. Tal vez ellos se querían también, saltaban chispas doradas cuando sus miradas se cruzaban. Pero que yo supiera, Dylan no estaba maldito, y nadie poseía las lágrimas que Patryce sí.
Caminé hacia ella y acerqué mi mano a su nuca. Por un instante se apartó, pero luego conseguí atraerla hacia mí y unir sus labios con los míos. Alcancé con la mano mi cuchillo mientras esperaba sentir el sabor salado de las lágrimas sobre nuestra piel, susurrando en su oído mil veces su nombre, mil súplicas que tal vez no servirían para nada. FIN 3ª PARTE

PATRYCE,The Angel
By Ivonne
El beso me recordó todo lo que habíamos pasado juntos y todo el amor que sentía por él, aunque fuera un demonio todavía lo amaba demasiado, las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas, se apartó lentamente de mí y con su cuchillo se hizo un corte en la mano, la sangre goteo hasta el piso, mis lágrimas seguían cayendo y de repente un viento gélido nos abrazó a ambos, me acerque a Darren y él me apretó a su cuerpo, todo lo demás desapareció solo quedando él y yo. Escuchamos unas voces que solo repetían una y otra vez “Gracias” habíamos logrado unir a Angelia y Demönea, lo único que podía pensar era si dos mundos tan diferente podían unirse Darren y yo estábamos por encima de eso, nuestro destino era estar juntos, no importaba a que raza perteneciéramos, nuestro amor hacia posible esta unión.
Volvimos a la realidad, el ángel y el demonio habían desaparecido, las piedras habían cambiado su historia y ahora narraban lo que el amor era capaz de hacer cuando era verdadero y cuando no importaba a donde perteneciéramos si esa persona te amaba como eras, sentí a Darren alejarse lentamente y me gire para mirarlo, sus ojos sostuvieron los míos hasta que me di cuenta lo que pensaba.
-¡Detente!-podía ver lo que estaba sufriendo y mi corazón también dolía por hacerlo sufrir.
-No tienes que…-no lo deje terminar, reduje la distancia que nos separaba, me puse en puntillas y presione mis labios sobre los de él, el beso fue mil veces mejor que los anteriores ahora nada nos impedía estar juntos, sus brazos se deslizaron por mi cintura y me apretó a su cuerpo, el beso estaba lleno de pasión y de anhelo pero sobre todo de amor, sus manos subieron hasta mi cuello, impidiendo que me separara de sus labios, solté un suspiro y escuche como el gruñía, el beso se hizo más apasionado, su lengua jugaba con la mía y sus manos seguían acariciando mi cuerpo, hasta que tuvimos que separarnos, los dos jadeábamos y sus ojos tenían el brillo que siempre reconocía cuando quería que fuera suya pero antes de cualquier cosa tenía que decirle algo importante.
-Te amo y te pido perdón por lo que te hice sufrir.
-Nada de eso importa ya, te amo demasiado y me haces inmensamente feliz que me dieras una nueva oportunidad.
-De ahora en adelante todo será distinto.
-Ni que lo digas, quiero tenerte siempre junto a mí y sobre todo en mi cama-me agarro de la cintura y me pego a su cuerpo.
-¡Darren!
-Te necesito y tengo que demostrártelo-no pude evitar reír.
-Pero no aquí-le dije tratando de quitarme sus manos de encima, mostro su mejor sonrisa de seductor.
-Guíame, que soy todo tuyo…-y así desaparecimos de ese lugar, rumbo a alguna parte donde pudiéramos amarnos durante mucho tiempo…

FIN
3
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Este es el primer relato escrito para el concurso de parejas del blog. Esta escrito por:

Paty C. Marín: Cuentos íntimos (punto de vista de ella)
Dulce C. López: El club de las escritoras (punto de vista de él)

Se llama Oscura Rendición y han elegido hacer la misma versión desde dos puntos de vista diferente, el de él y el de ella. Es para mayores de 18. Quedas avisad@

***

OSCURA RENDICIÓN



Primero escuchaba un suave zumbido y con él, llegaba el calor. Un intenso hormigueo se extendía por su piel incluso después de que el látigo hubiese abandonado el contacto con su tierna carne. Tras ella, el ángel Castiel volvió a levantar el brazo y otro azote restalló contra la piel desnuda de la diablesa de piel blanca. Las cadenas que la mantenían atada con los brazos por encima de la cabeza tintinearon cuando Jezabel se estremeció de dolor. Se encogió nuevamente, pero los grilletes de sus tobillos la mantenían anclada al suelo. Contuvo el aliento y cerró los ojos para contener las inevitables lágrimas de dolor; ante todo, no quería mostrar sus debilidades a Castiel, al cual amaba por encima de todas las cosas. Incluso por encima de su propia vida.

Jezabel se había resignado al tercer azote y había perdido la cuenta de los golpes recibidos por el que hacía número treinta. Una brillante lágrima le resbaló por su pulida mejilla de alabastro. Reprimió un sollozo, la piel de su espalda ardía y ese hormigueo bajaba por sus muslos hasta hacerle temblar las rodillas.

—Jezabel... —susurró Castiel tras ella, con la voz jadeante por el esfuerzo. La mujer se estremeció al escuchar la imperiosa suavidad en el tono de su verdugo, uno de los mejores soldados de las Huestes Brillantes que había alcanzado el rango de general únicamente reservado para los que eran Arcángeles. Desde la caída de Lucifer, las jerarquías celestiales habían cambiado mucho y Jezabel se sentía orgullosa de los logros de Castiel. Era un gran guerrero, fiero y orgulloso; pero esta admiración que la diablesa sentía no era apreciada, él no sabía que Jezabel le amaba.

Castiel descargó un nuevo latigazo sobre la espalda desnuda y ella gritó por la impresión, estremeciéndose al escuchar el sonido del cuero contra su piel. Ese golpe había dolido más que  los anteriores. Su amado estaba enfadado. Mucho. Bueno, ella soportaría todos sus castigos. No le importaba sufrir si con eso pasaba más tiempo con Castiel. Desde que fuese expulsada junto con los demás ángeles caídos, le había echado mucho de menos. ¿Se daría cuenta él de sus sentimientos? Seguramente no, pero, ¿acaso importaba?

Castiel la rodeó y se situó frente a ella. Cogió con firmeza su barbilla y la obligó a levantar el rostro. Jezabel sintió un ramalazo de placer cuando los poderosos dedos del ángel entraron en contacto con su piel; encontrarse con su mirada fue todavía más impactante. Castiel era muy hermoso, era un hombre de rasgos fuertes y dominantes, con el cabello negro y largo. Sus ojos eran de un color azul celestial, firmes y penetrantes. Jezabel se sumergió en la calidez de su mirada con el corazón acelerado. Por fin Castiel volvía a mirarla después de tantos años.

—Ríndete —dijo él. Jezabel no pudo ocultar su sorpresa. Miró a Castiel a los ojos y buscó en ellos algún indicio de locura. Él era un ángel, ella un demonio: no existía la rendición cuando eras capturado, ningún demonio obtenía el perdón en el Cielo. Castiel siempre había sido fiel a sus ideales y jamás había mostrado piedad ante ninguno de sus hermanos caídos, a los que consideraba unos traidores. A Jezabel se le encogía el corazón al pensar que él la consideraba una traidora. Sin embargo en lo más hondo de su ser Jezabel se sentía feliz por que él profesase algún sentimiento por ella, aunque este solo fuera un profundo sentimiento de odio. Tanto el amor como el odio estaban alentados por el mismo fuego.

—No tienes a dónde ir... —prosiguió, mirándola fijamente. Aquellos ojos azul oscuro eran dos lagos profundos, brillantes; como el universo que ella contemplaba cuando su hogar era el Cielo. Jezabel gimió al poder contemplar sus ojos y sintió una punzada de añoranza por volver a ver el firmamento azul a sus pies. Desde el Infierno solo se veía oscuridad—. Por favor, vuelve con nosotros. Regresa a la luz y abandona la oscuridad que abrazaste siguiendo las mentiras de El Maligno...

Ella apretó los labios negándose a responder a eso. Castiel nunca comprendería el sacrificio que todos sus hermanos y hermanas habían tenido que realizar el día que todos cayeron. Pero, a cambio de entregar la luz de sus corazones, habían obtenido la libertad. En el Cielo no se podía amar, no se podía profesar otro sentimiento que no fuese el de lealtad y fraternidad y el destino de todo ángel era el de servir a un ser superior. Lucifer había luchado contra esta opresión y el resultado había sido una escisión entre los seres celestiales.

—¡Jezabel!. Por el amor de Dios... —protestó Castiel apretando los dedos en su mandíbula. Jezabel derramó unas lágrimas sin poder contener la emoción. No le importaba que Castiel se enfadara más, al menos pasaría tiempo junto a él. Los años en el Infierno habían sido duros habiendo dejado atrás una parte de su corazón.

—Castiel... —murmuró ella con la voz ronca de tanto haber gritado. Un destello brilló en los ojos del hombre, y ella sonrió con insolencia—. No debes pronunciar el nombre de Dios en vano —se burló.

El rostro de Castiel se descompuso. Le soltó el mentón. Durante un momento Jezabel sintió miedo al pensar que se había extralimitado. Su mayor temor no era volver a ser castigada o azotada hasta que su piel se desollase, eso no tenía demasiada importancia. Su miedo era más profundo y oscuro: no deseaba que Castiel se marchase y le dejase el trabajo a otro subordinado. Si tenía que matarla, la mano ejecutora debía ser la de su amado, no la de otro.

Pero Castiel, cuya ira bullía en la expresión de su rostro, no se marchó. Levantó el látigo y el cuero silbó el en aire trazando una espiral antes de restallar contra la piel de sus muslos. Ella se dobló por el impacto, tensando las cadenas del suelo y las del techo. Otro azote envió un ramalazo de calor por su costado derecho, luego otro por el lado izquierdo. Jezabel gimió y cerró los ojos con fuerza mientras el abrasador fuego se extendía por su cuerpo.

—Por favor... —imploró—. No te detengas... —sollozó con los dientes apretados. Castiel detuvo los azotes y la agarró de los rubios cabellos. El tirón envió un placentero escalofrío por la espalda de la cautiva, cuyos labios se curvaron en una sonrisa de complacencia. Al abrir los ojos se encontró con los de Castiel, cuyas pupilas rugían de furia.

—No hables. No quiero que... digas una sola palabra más — demandó. Jezabel apretó los labios lanzándole una mirada oscura a Castiel. El látigo resbaló de entre los dedos del verdugo y con las dos manos, el ángel sostuvo el rostro de la diablesa—. Hace años que esperaba este momento, Jezabel. El momento en que te castigaría por tu traición, el momento en que lograría hacerte cambiar de opinión, el momento en que regresarías con nosotros. ¡Pero eres testaruda!. ¿No lo entiendes?. Te ofrezco la redención...

—No quiero regresar con vosotros —contestó Jezabel con orgullo. En lo más profundo de su ser, odió decepcionar a Castiel—. No quiero volver a someterme, no quiero ocultar lo que siento, no quiero tener una existencia vacía. Quiero vivir, amar y ser libre de someterme a quién yo quiera... Eres tú el que no entiende.

Castiel apretó la mandíbula y su nariz aleteó. Era tan guapo cuando se enfadaba... Jezabel suspiró de anhelo y dirigió una mirada hacia su boca firme, su mentón recio y su poderoso cuello. Allí, una vena palpitaba. Jezabel supo que se estaba conteniendo. De pronto, Castiel separó las manos de su rostro y le dirigió una mirada de... ¿indiferencia? Movió la cabeza a un lado y a otro en gesto negativo, agitando algunos mechones de su cabello oscuro. Luego se agachó y soltó los grilletes de los tobillos de Jezabel, haciendo lo mismo con el de sus muñecas. Incapaz de sostenerse por sí misma, la diablesa cayó de rodillas frente a él y levantó la mirada solo para ver como le daba la espalda.

—Ha llegado tu hora, Jezabel. El arcángel Azrael se encargará de ti...

—¡No! —la diablesa se arrastró hasta los pies de Castiel antes de que abandonara la mazmorra y se abrazó a sus piernas, apretando la mejilla contra sus rodillas, marcándose en la piel los adornos de las perneras de su armadura—. Hazlo tú, Castiel. Si alguien tiene que matarme, has de ser tú, por favor... castígame como merezco... —más lágrimas brotaron de los ojos de la mujer, lágrimas de desesperación y tristeza. Azrael era el ángel castigador, el Ejecutor de las sentencias; Jezabel no deseaba morir bajo su espada. Su verdugo debía ser Castiel—. Soy una aberración de la naturaleza, Castiel... solo tú mano puede matarme... concédeme al menos esa gracia, te lo ruego —con la voz temblorosa y el labio temblando, Jezabel miró hacia arriba, buscando la mirada compasiva del ángel. Se encontraron y una corriente de melancolía inundó el pecho de la diablesa. No pudo contenerse, iba a morir en cualquier momento, debía echar más leña al fuego y poner a prueba el orgullo de Castiel para que fuese él quién la ejecutara. Había aceptado su destino en el mismo momento en que él la capturó—. Te amo, Castiel. Siempre te he amado —confesó con determinación, arrodillada a los pies de su verdugo, apretando el pecho desnudo a sus piernas, sintiendo el frío del metal en el torso—. Acaba conmigo para eliminar la vergüenza que sientes por mi...

Castiel no permitió que terminase la frase, enredó los dedos en su pelo dorado y la empujó de cabeza contra el suelo. Jezabel sintió el frío mármol en la frente y la rodilla de Castiel apretándose a su vientre. Después, fue su mano la que de pronto descargó un fuerte azote contra su trasero alzado por la obligada postura en la que se encontraba. Se hizo un ovillo, tragándose los lamentos y recibió un nuevo azote. La  mano desnuda de Castiel golpeó su piel desnuda, enviando una corriente de dolor mezclada con cierto placer por todo su cuerpo. Era lo más parecido a una caricia suya y Jezabel lloró de alegría.

—No hables más, Jezabel. ¿Acaso te he dado permiso para hablar? —protestó Castiel con la voz contenida, descargando un nuevo azote contra sus nalgas. El dolor picante hormigueaba durante un segundo sobre su piel, luego se extendía por el resto de su cuerpo, estremeciéndola—. Di, ¿acaso te he dicho que puedas hablar? —insistió. Su demanda fue correspondida con una negativa.

—No, mi Señor, no... —barbotó ella con nuevas lágrimas. Castiel tiró de nuevo de su pelo y la tumbó de espaldas contra el frío suelo de la mazmorra, forzando su postura para que permaneciese arrodillada. Jezabel se removió, con las piernas dobladas bajo su propio cuerpo.

Castiel se inclinó y cubrió los labios de Jezabel con los suyos en una cálida caricia convertida rápidamente en una fogosa demanda. Un torrente de confusión inundó la  mente de Jezabel incapaz de creer lo que Castiel estaba haciendo, pero recibió sus besos con alegría. Se sumergió entre sus labios abrasadores, aceptando lo que él le ofrecía sin pedir nada más. Cuando él se separó, sintió frío en los labios húmedos y le dirigió una súplica muda.

—Entonces, a menos que te diga que hables, no digas nada... —masculló Castiel lanzándole una mirada ardiente. Sus brillantes ojos eran dos fuegos que crepitaban de deseo. Jezabel se sintió confusa y emitió un jadeo con el corazón latiéndole a toda velocidad. Cuando Castiel desvió la mirada hacia su cuerpo, la diablesa se estremeció de deseo, cubriéndose el cuerpo con los brazos en un ataque de pudor. Castiel rodeó su muñeca con los dedos y la apartó de su cuerpo—. No te cubras. Quiero verte.

Tragando costosamente, con el deseo burbujeando bajo su piel, Jezabel se descubrió ante su mirada. Castiel nunca había sucumbido a los placeres de la carne, era algo prohibido, pero ahora observaba a Jezabel con profundo interés y ella gimió en respuesta. La devoró con la mirada, quemándola, abrasando cada centímetro de su cuerpo desnudo.

—Siempre fuiste más valiente que yo, Jezabel... —murmuró él posando una mano firme sobre su vientre. La diablesa jadeó, retorciéndose, con las piernas dobladas bajo su cuerpo. Castiel apretó el puño en sus cabellos con más firmeza y volvió a besarla con contundencia. Ella se derritió—. Siempre fuiste un sueño inalcanzable... hasta ahora.

Algo ocultó la luz sobre ellos y una suave pluma blanca se deslizó perezosamente hasta posarse sobre su pecho. Las blancas alas de Castiel se agitaron, extendiéndose en toda su envergadura, espléndidas y brillantes como un sol radiante. Curvándolas, Castiel cubrió su cuerpo y el de Jezabel, rozándole suavemente la piel con el extremo de sus alas. Ella le miró, con el corazón en un puño y sintió como su mano acariciaba su vientre descendiendo hasta la curva de entre sus muslos. Una llamarada de calor prendió bajo su estómago y se unió a la mano de Castiel cuyos dedos rozaron la sensible superficie de sus pétalos. Jezabel puso los ojos en blanco y se arqueó de deseo.

—Oh, por Dios... —el gemido brotó de sus labios en forma de lamento. La risa de Castiel resonó en su pecho, metiéndose bajo su piel.

—No pronuncies el nombre de Dios en vano, Jezabel... —se burló él. La diablesa no entendía nada, pero su mente dejó de procesar y solo tuvo pensamientos para los tiernos dedos de Castiel acariciándola suavemente.

—Castiel —gimió ella con los ojos llorosos—. Quiero hablar...

—Habla —permitió. En ese momento la caricia se profundizó y ella sollozó al sentir una repentina invasión en el interior de su cálido sexo.

—No me someteré a tu dios, Castiel —balbuceó ella con los ojos cerrados. Sentía la necesidad de confesar esos sentimientos tan hondos que incluso se ocultaba a si misma—. Pero... a ti sí. A ti si quiero someterme... a ti deseo servirte, complacerte y...

—Ya basta —la besó atajando su discurso y abandonó las caricias entre sus piernas. Ella se asustó, pero los labios de Castiel la tranquilizaron, igual que sus caricias por su cintura y sus caderas. Sus manos, antes crueles, eran ahora tiernas. No entendía nada, ¿por qué de pronto todo parecía maravilloso?—. ¿Quieres someterte a mi?. Ponte en pie, acércate a esa pared y apoya las manos sobre ella —ordenó.

Jezabel obedeció con presteza, mirando una sola vez a Castiel antes de darle la espalda. Se había convertido en un dios, irradiaba esplendorosa luz con sus magníficas alas blancas ocupando toda la mazmorra. Su mirada había cambiado, su expresión serena y confiada alentó a Jezabel. Él le dirigió una mirada dura y ella entendió su impaciencia. Aceptaría todo lo que él quisiera hacerle, así que se giró. En cuanto apoyó las manos sobre la pared de la mazmorra, el látigo volvió a restallar contra su piel. Ella se tragó una protesta tras otra mientras él la azotaba. Ya no había lugar en su cuerpo que no hubiese quedado marcado con látigo, el dolor ya había dejado de existir. Solo quedaba la certeza de que con cada golpe, Castiel la hacía un poco más suya.

—Estás preciosa —alabó Castiel, dejando caer un latigazo en su cintura—. Ojala pudieras verte como yo te veo, desnuda y sometida. Te deseo...

Inesperadamente, los azotes cesaron y Castiel la abrazó. Sus manos acariciaron su cintura, su vientre y sus pechos. Aquello estaba prohibido, él nunca había hecho algo que estuviese prohibido. La hizo girar, la empujó contra la pared y empezó a besarla. Había desesperación en su boca cuando la obligó a separar los labios. Jezabel no pudo contener más su deseo y rodeó su cuello con los brazos, apretándose a su cuerpo. Castiel la acarició como nunca debería haberla acariciado y ella se murió de impaciencia.

—¿Qué haces? —le preguntó entre beso y beso—. ¿Qué estás haciendo? —necesitaba saber.

—Lo que debería haber hecho, Jezabel. Debí caer junto a ti, y no lo hice por pura cobardía. Te deseo y es hora de demostrártelo —la levantó del suelo con ambas manos y la sostuvo contra la pared, metiéndose entre sus piernas. Ella jadeó con nuevas lágrimas en su rostro, sintiendo un enorme regocijo—. Voy a hacerte definitivamente Mía...

Las alas de Castiel cubrieron los dos cuerpos, ocultándolos de la luz cuando los dos sucumbieron a los deseos prohibidos.


by Paty C. Marín


——————————————————



Los ojos azulados de Castiel examinaron con gran avidez la espalda desnuda y enrojecida de su cautiva. Llevaba más de una hora azotándola, tratando de que la diablesa de piel pálida entrara en razón y regresase a la luz. Desde que Jezabel abandonó el Reino de los Cielos, su mundo ya no era el mismo. Aunque no quisiera reconocerlo, Castiel sabía que la causa del gran vacío que lo embargaba era debido a la pérdida de su compañera. No podía perdonarle que años atrás cayera junto con otros muchos ángeles, siguiendo a ciegas a Lucifer, yendo directamente al Infierno y de este modo, se alejara de él. Nunca.

Ahora tenía la oportunidad de persuadirla, de hacerle entender su gran error y haría que comprendiera que su lugar era estar junto a él, en el Cielo. Con esa determinación, el General de los soldados de las Huestes Brillantes alzó una vez más el musculoso brazo con el que aferraba el látigo de cuero y lo dejó caer sobre la piel blanquecina de la espalda femenina.

En respuesta, la cautiva dio un respingo tan visible que las cadenas se sacudieron golpeando unos eslabones con otros, creando un tintineo peculiar. Aquel latigazo, como los anteriores, también hacía mella en el alma de Castiel. El implacable Arcángel estaba totalmente enamorado de Jezabel, pero no podía ni quería reconocerlo; el amor estaba prohibido para ellos, para los seres celestiales.

Con resignación, el ángel volvió a castigarla con un nuevo latigazo que resonó entre aquellas cuatro paredes de piedra, llenando el silencio que los envolvían con el sonido de los estremecimientos de la diablesa. En esta ocasión, Jezabel no pudo evitar derramar una cristalina lágrima, la cual humedeció sus suaves mejillas de alabastro. Aquello solo provocó que Castiel se estremeciera y suspirara con pesar. Dejó caer el látigo al suelo y se aproximó con paso indolente al cuerpo encadenado de la mujer.

—Jezabel... —le susurró con voz imperiosa y jadeante por el esfuerzo. Quería que la mujer reaccionara de una vez, que implorara perdón. Pero algo en la mente de Castiel le aseguraba que nunca lo conseguiría; que nunca lograría doblegar a la indómita Jezabel.

Sintió como la mujer se estremecía tras oírle pronunciar su nombre y eso le gustó, pero ella no cedió, tal como sospechaba. Simplemente, continuó sollozando en silencio. Se alejó de ella lo suficiente para poder contemplarla en toda su totalidad. Allí la tenía, cerca, muy cerca, ante él. Completamente desnuda, atada de pies y manos, sometida, indefensa. A su merced. No podía negar que Jezabel era una criatura hermosa, sublime. Su luz brillante, cuando aún la poseía, era resplandeciente y cegadora. Y, Dios sabía, que incluso sin esa luz, aquella belleza en Jezabel seguía siendo pura y abrumadora. Su cuerpo nunca se había sentido atraído por ninguna de las féminas que poblaban el firmamento; sólo reaccionaba ante Jezabel y ahora, en ese mismo instante, Castiel no pudo evitar sentirse intimidado por la terrible muestra de exaltación que demostraba lo loco que se sentía por ella.

Rabioso por saberse débil, descargó su frustración con un nuevo azote despiadado que robó momentáneamente la respiración a la mujer. Ella gritó por la sorpresa y se estremeció una vez más de forma violenta. Sin duda, este último golpe había sido más fuerte y le había causado más dolor. Un estremecimiento recorrió la espalda de Castiel, un hormigueo que se concentró justamente en ese lugar de su cuerpo que hasta ahora había considerado un auténtico estorbo.

Con la mandíbula fuertemente apretada y su cuerpo en completa tensión, el ángel se acercó nuevamente a ella hasta ponerse cara a cara. Al encontrarse con que la mujer tenía el rostro agachado, alzó la mano que tenía libre y le sostuvo con firmeza la barbilla para que sus miradas pudieran encontrarse. El contacto con su piel le produjo inevitablemente una descarga eléctrica, como fuego líquido que le quemaba por dentro y bajó directamente hacia el lugar bajo su vientre, instalándose en su regazo. Fue como si la sangre de todo su cuerpo se concentrase en un único punto. Ignorando esa sensación tan desconcertante, se concentró de nuevo en su cautiva.

—Ríndete —le dijo con voz dominante. En respuesta, ella le miró sorprendida, pero no dijo nada—. No tienes a dónde ir... —prosiguió, sin dejar de mirarla fijamente. Pero la diablesa continuó guardando silencio, únicamente emitió un débil gemido que solo sirvió para que su cuerpo se endureciera más todavía. Castiel reprimió el aluvión de pensamientos oscuros que le cruzaron por la mente—. Por favor, vuelve con nosotros. Regresa a la luz y abandona la oscuridad que abrazaste siguiendo las mentiras de El Maligno...

En lo más hondo, rezó en silencio para que su súplica fuera escuchada y que ella cediera. Tenía que ceder, aceptar, cambiar de bando. Pero no fue así, ahora con más determinación que nunca, Jezabel apretó los labios en un claro mohín de determinación. La diablesa se negaba a rendirse. Y, maldito fuese Lucifer, aquella testarudez le hizo hervir las entrañas de puro deseo.

Castiel no entendía sus razones, no sabía porque ponía tanto empeño en continuar siendo una diablesa. ¿Qué ventajas tenía ser un ángel caído? ¿Acaso la oportunidad de poder amar sin miedo a ser castigado por ello?. Aquella posibilidad era francamente tentadora... Pero él tenía sus principios y al igual que ella, se resistía a rendirse también a lo que ya resultaba demasiado evidente.

—¡Jezabel!. Por el amor de Dios... —protestó, afirmando con más fuerza la sujeción de sus dedos sobre la mandíbula de la mujer, hasta el punto de que sus nudillos se pusieron blancos.

—Castiel... —murmuró ella con voz áspera, mientras unas pocas lágrimas caían esta vez sin control alguno por su perfecto rostro sonrojado. Oírla pronunciar su nombre con aquellos labios tensos y sonrosados le provocó un torrente de deseo. El ángel no pudo evitar mirarla fascinado, con brillo en sus ojos, creyendo que por fin lo había conseguido. Se dio cuenta de su equivocación cuando ella dejó de llorar y le sonrió—. No debes pronunciar el nombre de Dios en vano —se burló la diablesa ante sus narices.

Sin poder evitarlo, el rostro de Castiel se descompuso, reflejando la decepción que sentía en esos momentos. Soltó su mentón con un movimiento brusco y la miró con ira. Levantó el látigo una vez más llenando el silencio del lugar con el zumbido que éste produjo al romper el aire y lo dejó caer sobre los temblorosos muslos de la cautiva. Ella se dobló por el impacto, tensando las cadenas y lanzando un grito desgarrador que se grabó a fuego en su mente. No se detuvo, continuó azotándola indiscriminadamente en distintas partes de su anatomía. Cada cruel latigazo iba acompañado por un gemido femenino. Parecía que la mujer disfrutaba con la tortura y, la verdad fuese dicha, cada golpe enardecía su deseo más que antes.

—Por favor... —imploró ella—. No te detengas... —sollozó con los dientes apretados y el rostro enturbiado por el placer.

Con rabia, Castiel comprobó que estaba en lo cierto, que ella lo estaba disfrutando. Dejó de golpearla y como un poseso la agarró con firmeza de los rubios cabellos, obligándola a que abriera los ojos y lo mirase.

—No hables. No quiero que... digas una sola palabra más —demandó con determinación. Había vacilado antes de hablar y eso solo lo puso más furioso. Soltó el látigo y dejó que éste cayera al frío suelo. Con ambas manos libres, sostuvo su rostro—. Hace años que esperaba este momento, Jezabel. El momento en que te castigaría por tu traición, el momento en que lograría hacerte cambiar de opinión, el momento en que regresarías con nosotros. ¡Pero eres testaruda!. ¿No lo entiendes?. Te ofrezco la redención...

—No quiero regresar con vosotros —contestó la diablesa con orgullo, interrumpiéndole. Oh, por amor del Cielo, cada vez que ella hacía algo como eso él se estremecía hasta la punta de los cabellos—. No quiero volver a someterme, no quiero ocultar lo que siento, no quiero tener una existencia vacía. Quiero vivir, amar y ser libre de someterme a quién yo quiera... Eres tú el que no entiende.

Castiel apretó nuevamente la mandíbula con fuerza y su nariz aleteó descontroladamente. La furia y una mezcla de sentimientos que iban desde rabia, impotencia y resignación dominaron su autocontrol. A estos pensamientos se le mezclaron otros más oscuros que se apoderaron de todo su ser como el veneno de una serpiente cuando invadía el torrente sanguíneo. No podía controlarse. Simplemente, no podía. Ella estaba ahí, delante de él, terca y desafiante. Orgullosa, desnuda y a su merced.

El deseo de poseerla lo consumió. Eso era lo que quería, poseerla y hacerla suya. Hacerle entender y meterle en esa cabeza que él era quién tenía razón, y si para eso tenía que hacer lo que estaba pensando, lo haría. La dejaría así, atada y usaría toda la fuerza de su cuerpo en inculcarle sentido común. Se metería en ese lugar prohibido de entre sus piernas, se metería en ella y luego se metería bajo su piel hasta que el único nombre que gritase fuese el suyo. Lo había visto, había visto a demonios menores y a otros más poderosos sucumbir al placer de la carne, gozar de éxtasis. Durante un momento se preguntó cómo sería tocar el cuerpo de Jezabel, cómo sería acariciarla pecaminosamente, cómo reaccionaría su cuerpo ante sus dedos. Y cómo de calientes tendría los labios, o los muslos, o…

Hacer eso acabaría con todo. ¿En qué estaba pensando?. Repentinamente sintió la necesidad de alejarse de ella, apartar de su mente aquellos pensamientos lascivos. Separó las manos de su rostro para dejar de sentir el calor de sus mejillas y le dirigió una mirada cargada de indiferencia. Si ella lo quería así, él no era quién para llevarle la contraria. No iba a obligarla. Y ya no aguantaba más su terquedad ni el deseo irrefrenable de convencerla por otros medios más pecaminosos. Negando con la cabeza en un claro gesto de rendición, tratando de sacarse de encima aquellas lujuriosas fantasías, se agachó y le soltó los grilletes de los tobillos y luego hizo lo mismo con el de sus muñecas.

Nada más sentirse libre de ataduras, la mujer cayó de rodillas al suelo frente a él, incapaz de mantenerse de pie por sí misma. Sus miradas no llegaron a encontrarse, pues el ángel le dio rápidamente la espalda.

—Ha llegado tu hora, Jezabel. El arcángel Azrael se encargará de ti...

Aquello no era lo que él realmente quería, pero no le quedaba otra opción. Era eso, o caer también con ella e irse directamente al Infierno y ninguna de las dos opciones le satisfacían.

—¡No! —gritó ella a la vez que se arrastraba por el sucio suelo hasta sus pies, antes de que abandonara la mazmorra. Se apretó a sus rodillas y Castiel puso toda su fuerza de voluntad en no ceder ante aquel contacto—. Hazlo tú, Castiel. Si alguien tiene que matarme, has de ser tú, por favor... castígame como merezco... —suplicó con más lágrimas empapando su rostro, pero esta vez eran lágrimas de desesperación y tristeza—. Soy una aberración de la naturaleza, Castiel... solo tu mano puede matarme... concédeme al menos esa gracia, te lo ruego —alzó la vista buscando la mirada compasiva del ángel y cuando la encontró, decidió confesarse—. Te amo, Castiel…

Aquello barrió de un plumazo toda la compostura de Castiel. Le temblaron las rodillas que ella sujetaba, cerró los puños con fuerza y un vertiginoso serpenteo se enroscó en sus entrañas, haciendo que aquella parte de su anatomía siempre inerte cobrase vida.

—Siempre te he amado –prosiguió ella. Su voz había dejado de temblar y ahora hablaba con seguridad. Y estando así de esa postura, arrodillada a los pies de su verdugo, apretando el pecho desnudo y sudoroso a sus piernas, añadió— Acaba conmigo para eliminar la vergüenza que sientes por mi...

Durante una fracción de segundo vaciló sobre si debía creer o no en sus palabras. Quizá aquella confesión de amor era una treta de la diablesa para engañarlo, para tentarlo, para hacerle caer. Por eso no pudo seguir escuchándola más y no permitió que terminase la frase.

Con fiereza la sujetó del pelo dorado enredando sus dedos entre sus suaves mechones y la empujó de cabeza contra el suelo, doblándola sobre sus rodillas y exponiendo su redondeado trasero. Aquella curva blanca, casta y deliciosa. Sin vacilar, descargó un fuerte azote sobre una de sus nalgas y aunque ella se retorcía bajo su presa y sollozaba sin control alguno, él continuó azotándola un par de veces más. La mano entró en contacto con la piel de Jezabel y cada azote la hacía arder más y más, enrojeciéndola y enardeciéndola. Y cada sacudida de su cuerpo era como una tentación irresistible.

—No hables más Jezabel. ¿Acaso te he dado permiso para hablar? —protestó con voz contenida, descargando un nuevo azote sobre la piel enrojecida de su trasero. Escucharla solo servía para que él se volviera loco—. Dí, ¿acaso te he dicho que puedas hablar? –insistió, tratando de contenerse.

—No, mi Señor, no... —contestó ella entre sollozos.

Y Castiel explotó y no pudo aguantar más la necesidad de sentirla sometida a su merced. Sin pensárselo dos veces, tiró de nuevo de sus cabellos y la tumbó de espaldas contra el frío suelo de la mazmorra, forzando su postura de tal manera que la mujer permaneciese arrodillada. Ella comenzó a removerse inquieta, pero se detuvo cuando el ángel cubrió sus labios con los suyos. Castiel no pudo controlarse y la devoró con decisión. Exigió en silencio sus besos, obligándola a abrir los labios para permitirle tomar todo de ella hasta que ambos quedaron jadeantes y con los labios hinchados. Lentamente se apartó de ella y le lanzó una mirada ardiente.

—Entonces, a menos que te diga que hables, no digas nada... —masculló mientras contemplaba su cuerpo desnudo con ojos brillantes y ardiendo de deseo. Jezabel tenía los labios de un intenso color carmesí, el cuerpo en tensión, doblado en una postura incómoda y claramente sumisa. Cuando se cubrió con los brazos en un ataque de pudor, Castiel rodeó sus muñecas con los dedos y se las apartó, dejándolo nuevamente expuesto para su disfrute. Se deleitó con sus curvas, con la redondez de esos pechos que siempre había vislumbrado con lujuria tras vaporosas túnicas, con su vientre y sobre todo, con eso que había entre sus piernas.

—No te cubras. Quiero verte.

Ella obedeció sin rechistar, alzando su pecho con orgullo para que él pudiera contemplarla bien, en todo su esplendor. Y aunque Castiel nunca había sucumbido a los placeres de la carne, ya que era algo prohibido para los suyos, no pudo evitar devorarla con la mirada, quemándola con las brasas del fuego que a él mismo lo estaban consumiendo.

—Siempre fuiste más valiente que yo, Jezabel... —murmuró él posando una mano firme sobre su vientre plano y cuando la diablesa jadeó por aquel contacto tan poco honrado, retorciéndose con las piernas dobladas bajo su cuerpo, Castiel apretó con más fuerza el puño en sus cabellos y volvió a besarla con un hambre atroz, tragándose sus gemidos, deleitándose con el roce de su respiración en la lengua. Ella respondió al beso con la misma pasión y suspiró, para deleite de Castiel—. Siempre fuiste un sueño inalcanzable... hasta ahora.

Tras revelar su más osucoro secreto, Castiel abrió sus alas blancas, extendiéndolas en toda su envergadura, espléndidas y brillantes como un sol radiante. Curvándolas en un arco perfecto cubrió su cuerpo y el de Jezabel, rozándole suavemente la piel con el extremo de sus alas y su temblor fue tan delicioso de sentir como de ver. Ella le miró, seguramente sin entender el cambio que había obrado en él. Ni él mismo sabía lo que estaba haciendo, simplemente era consciente de la urgente necesidad que tenía de tocarla como un hombre mortal toca a la mujer a la que ama. Con lentitud, deslizó la mano que acariciaba su vientre descendiendo hasta el punto donde se unían sus muslos. Con la pasión encendida y quemándole las entrañas de pura necesidad, Castiel rozó con los dedos la sensible superficie de los pétalos cremosos de su amada. Los dedos le ardieron al contacto y notó, para su sorpresa, que aquella parte estaba… húmeda. Observó la reacción de ella, Jezabel puso los ojos en blanco y se arqueó de deseo.

—Oh, por Dios... —el gemido brotó de los labios femeninos en forma de lamento, haciendo sangrar el alma de Castiel de puro ardor. Pero, controlado, se rió en respuesta.

—No pronuncies el nombre de Dios en vano, Jezabel... —se burló sin dejar de acariciarla suavemente con dedos tiernos. ¡Oh, que suave y caliente que era aquella parte!.

—Castiel —gimió ella con los ojos llorosos—. Quiero hablar...

—Habla —permitió el hombre, mientras profundizaba la caricia. Tanteó, estudiando la forma de su sexo, descubriendo todos sus rincones hasta que, de pronto, encontró algo y ella en respuesta, sollozó al sentir una repentina invasión en el interior de su cálida cavidad. Castiel se sintió mareado al notar aquel calor abrasador en los dedos.

—No me someteré a tu dios, Castiel —balbuceó ella con los ojos cerrados. Estaba sintiendo sus dedos en el interior de su cuerpo y eso parecía gustarle mucho, porque sus mejillas se habían enrojecido y le temblaba todo el cuerpo. — Pero... a ti sí. A ti si quiero someterme... a ti deseo servirte, complacerte y...

—Ya basta —ordenó, besándola y no dejándola terminar la frase, mientras detenía las caricias que le procesaba entre sus piernas para acariciarle la cintura y sus caderas. Sus manos ya no la tocaban de manera cruel, ahora eran tiernas y quería que ella se percatase de su dulzura. Tenía los dedos húmedos y todavía calientes. ¡Cuanto deseaba tocar de nuevo esa calidez!—. ¿Quieres someterte a mí?. Ponte en pie, acércate a esa pared y apoya las manos sobre ella —ordenó con voz ronca de pasión.

Jezabel obedeció con presteza, mirándole una sola vez antes de darle la espalda. Sus ojos eran dos fuegos encendidos. Castiel la miró con dureza para que se apresurara en obedecerle. Estaba impaciente, exaltado, en cuanto ella apoyó las manos sobre la pared de la mazmorra, hizo restallar el látigo sobre su espalda desnuda. Quería marcarla, dejar su huella, hacerla suya y con esas intenciones, la azotó tantas veces que no quedó lugar en su cuerpo que no hubiese sido marcado con su látigo.

—Estás preciosa —la alabó, dejando caer si piedad un latigazo en su cintura. Estaba tan hermosa, tan preciosa—. Ojala pudieras verte como yo te veo, desnuda y sometida. Te deseo...

Castiel ya no pudo aguantar más la necesidad de hacerla suya. Dejó de golpearla y la abrazó. Con manos ansiosas acarició su cintura, su vientre y sus pechos. ¡Oh, sus pechos, que delicia, tan suaves y blandos!. Él sabía que aquello estaba prohibido, nunca antes había hecho algo que no estuviese permitido, pero no pudo contenerse. Dejó atrás sus principios, su fe, todo. La hizo girar, la empujó contra la pared y empezó a besarla, a morderle los labios calientes. Con desesperación, la obligó a fundir los labios con los suyos. Jezabel obedeció y accedió gustosamente a darle permiso para que invadiera su húmeda boca, mientras rodeaba su cuello con los brazos, apretándose a su cuerpo. Piel contra piel, aquello era la gloria. Castiel la acarició como nunca debería haberla acariciado, pero ya nada le importaba, había encontrado el paraíso entre sus brazos, en su boca y deseaba encontrar también el paraíso entre sus piernas.

—¿Qué haces? —le preguntó la diablesa entre beso y beso—. ¿Qué estás haciendo? —insistió una vez más. Ni siquiera él lo sabía.

—Lo que debería haber hecho, Jezabel. Debí caer junto a ti, y no lo hice por pura cobardía. Te deseo y es hora de demostrártelo —le confesó al fin mientras la levantaba del suelo con ambas manos y la sostenía contra la pared para, por fin, meterse entre sus largas piernas —. Voy a hacerte definitivamente Mía...

Y sin más, Castiel dobló sus espléndidas alas blanquecinas cubriendo los dos cuerpos, ocultándolos de la luz para cuando sucumbieran a los deseos prohibidos.


by D.C. López



FIN
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Milmort. Portada del LibroAunque apenas recuerda nada de Force, el príncipe Royman intuye que allí reside la luz, la alegría y el amor, ya que en lo más profundo de su ser no puede acallar los recuerdos de una mujer… ¿Su nombre era Sibila? ¿Cómo no añorar el antiguo reino cuando se está en Mort, ese mundo oscuro y tenebroso, dominado por la muerte? 
Todo indica que el destino de Royman está trazado de antemano. Pero tal vez haya una manera de que el príncipe le plante cara, alcance la gloria convertido en caballero milmort y regrese a la luz tras escalar el Monte Milmort. Sin embargo, la cadena de mil eslabones que todo caballero milmort lleva en torno a su cuello y el Gran Secreto de Mort, que horroriza a todo aquel que lo conoce, suponen una carga muy pesada… Tal vez Ónica, la princesa guerrera, pueda ayudarle a liberarse.


OPINIÓN

Hacía tiempo que debía esta Reseña. Lo siento, pero con los exámenes, deberes, trabajos y más no he podido hacerla (aunque el libro lo termine en 4 días). ¡Pero mejor tarde que nunca! A si que empecemos:

El príncipe Royman es un orgulloso príncipe de Force. Pero ahora, sin saber como, reside en el reino de Mort junto con su familia, donde reina la oscuridad. No recuerdan nada de su anterior vida, y a Mort es seguro que acaban de llegar, pues no recuerdan, ni saben nada de ese misterioso Reino. Ahí empieza su aventura, descubrir como llegar a casa, y por el camino comprenderá lo que es perder a las personas importantes para él, en más de un sentido...

Al principio, estaba un poco reacia a leerlo. Soy una persona un poco  bastante miedica, y la portada no me animaba demasiado, que digamos. Por eso decidí leer alguna reseña antes. Y como no decía nada que dejara ver que era un libro de terror, empecé a leer. No me arrepiento de nada. 

Al contrario de lo que me pareció la portada (la cual, a pesar de dar un poco de ¿yuyu? es preciosa -sobre todo en formato físico porque brilla, básicamente.-) 

El libro no da miedo, aunque si es de acción y aventuras. 

Con respecto a nuestro principito. No me calló bien. Para nada. No soy fan de las novelas de caballerías, a si que es lógico que al encontrarme con un príncipe que actúa como tal... haya pique. Pero conforme avanza el libro va actuando mejor, y ahora hasta le tengo cierto cariño. 
¿Quién me encantó? Ónica, la princesa guerrera. Sí señor, una dama con un buen par de ovarios.  

Os dije que leí una reseña antes de empezar el libro. Pues en ella decían que había un traidor en el libro. Estuve todo el libro intentando descubrir quien era. En cierto modo el traidor es sorprendente. ¡Fijaros a ver si descubrís quien es!

Este libro es muy interesante. Muy único. Tiene un buen argumento y una trama muy interesante. A partir de la mitad del libro aproximadamente se vuelven las cosas realmente interesantes. ¿Y el final? Creo que es el mejor final que he leído en un buen tiempo. No lo me lo esperaba y me ha dejado con unas ganas de leer el segundo que no pensé que tendría.

Viajes negativos: Una cosa que no me gustó del libro fue que separara las historias. A la misma vez que nos cuenta la historia de Royman en Mort, nos cuenta la historia de Royman en Force, lo que hace que no pueda meterme completamente en la historia. 

Viajes positivos: ¡El final! ¡Qué impresionante final! Y los milmorts y su misión (leer el libro para saber de que hablo): Son unos guerreros increíbles, y en mi opinión; muy nobles.

PUNTUACIÓN: 4,5/5
AGRADECIMIENTOS: SAN PABLO EDITORIAL

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          Ficha Técnica       

Pertenece a: Saga de Los juegos del hambre
Título alternativo: El juego del hambre
Título original: The hunger games
Editorial: RBA
Año publicación: 2009
Temas: Literatura : Infantil y juvenil


             Sinopsis            


Es la hora. Ya no hay vuelta atrás. Los juegos van a comenzar. Los tributos deben salir a la Arena y luchar por sobrevivir.

Ganar significa fama y riqueza, perder significa la muerte segura... ¡Que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!

Un pasado de guerras ha dejado los 12 distritos que dividen Panem bajo el poder tiránico del “Capitolio”. Sin libertad y en la pobreza, nadie puede salir de los límites de su distrito. Sólo una chica de 16 años, Katniss Everdeen, osa desafiar las normas para conseguir comida. 

Sus principios se pondrán a prueba con “Los juegos del hambre”, espectáculo televisado que el Capitolio organiza para humillar a la población. Cada año, 2 representantes de cada distrito serán obligados a subsistir en un medio hostil y luchar a muerte entre ellos hasta que quede un solo superviviente. Cuando su hermana pequeña es elegida para participar, Katniss no duda en ocupar su lugar, decidida a demostrar con su actitud firme y decidida, que aún en las situaciones más desesperadas hay lugar para el amor y el respeto.


        Opinión personal       


Los que me conocen ya saben que ADORO este libro. Por no decir que estoy obsesionada. Un libro nuevo e innovador, único. Recuerdo que la primera vez que me puse a leer este libro estaba un poco como... reacia a leerlo. Joder, ¡que equivocada estaba! 

Katniss es la protagonista de esta historia. Vive en el distrito 12. Protege a su familia (madre y hermana pequeña) de cualquier peligro. Caza en el bosque comida para ellas y se encarga de mantener a su familia. Katniss es una protagonista fuerte, segura y valiente. No es la típica protagonista ñoña a la que estamos acostumbrados. No nos muestra a una princesa, nos muestra una guerrera. 

En el mundo que vive Katniss “Los juegos del hambre” son famosos. Son un espectáculo televisado que el Capitolio organiza para humillar a la población. Cada año, 2 representantes de cada distrito serán obligados a subsistir en un medio hostil y luchar a muerte entre ellos hasta que quede un solo superviviente. 

Para elegir a los participantes, se hace por medio de "sorteo" eligiendo a lazar de una urna el nombre de los participantes. El problema viene cuando el nombre que sacan de la urna no es el de Katniss, sino el de su hermanita pequeña. Katniss sabe que no sobrevivirá en estos juegos, por ello, se ofrece voluntaria para ocupar su lugar. Ahí comienza la aventura de Katniss, que se ve envuelta en el cruel juego de los juegos del Hambre. 

Pero hay un problema, en no puedes confiar en nadie, ni siquiera en tu propia pareja. Y entonces, ¿Cuál es la pareja de Katniss? Peeta. Un niño quien le dio un trozo de pan cuando era niña, por compasión (¿o quizás no?)

> Suzanne tiene un estilo de escritura que adoro. No se te hace en ningún momento una lectura pesada. Es muy fluida, y el lenguaje es sencillo y moderno, lo que aumenta a un numero de lectores que no se quieren volver locos pensando "¿Qué habrá querido decir?" y sobre todo atrae a un publico no lector por su fácil comprensión. Aunque las descripciones en mi opinión son un poco escasas te dan la libertad y los datos necesarios para imaginártelo con precisión. Este libro, no lo leí en un día. Lo leí en horas. Empece a las 11 de la noche y terminé sobre las tres de la mañana.

Dejando de lado a la autora, el libro es original y en mi opinión, único. La gente se estaba empezando a cansar de tanta pija suelta en los libros cuando nos trae a Katniss dura y sin miedo de romperse una uña. ¿Casualidad? No creo en las casualidades pero fuere lo que fuese un gran aplauso por la señorita Suzanne Collins por darnos algo de originalidad.**

** edición 2017: resulta que había una película con la misma temática que los juegos del hambre, japonesa, de tiempo atrás a la publicación de su libro. Ahora empiezo a creer en las casualidades...

Viajes negativos: No le veo ninguno. Tiene de todo un poco. Quizás no me gusto que: Spoilers: rue murieraaaa.... tenía que morir tarde o temprano pero me dio pena al fin y al cabo :(  Y las descripciones escasas. Al segundo y tercer libro les veo más fallos, pero este primero lo encuentro estupendo.


Viajes positivos: Se lee en seguida, nunca, ABSOLUTAMENTE NUNCA, te cansas de leer y cada protagonista tiene algo que te hace enamorar.


      Puntuación      
4,5/5

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